Cuentan que hace mucho, mucho tiempo reinaba en Barcelona un califa muy rico y poderoso, que vivía rodeado de lujo y comodidades en un palacio hecho de caballos vivos. Tenía un harén formado por cuarenta y dos bellas mujeres, y cada día se las fockaba.
Un día llegó al palacio un viejo mago, que se dirigió al califa con estas palabras, pero en moro:
-¡Oh, gran califa! Mi hija forma parte de vuestro harén. Si no os la fockáis, yo os concederé cuatro deseos para embellecer vuestra preciosa ciudad.
-¿Cuatro? –preguntó el califa.
-Sí –respondió el anciano- ¿por?
-No, por nada, generalmente son tres.
-Bueno, pues tres.
-No, no, no, no, no –dijo el califa muy rápido- Cuatro, cuatro. A ver, quiero que en Barcelona haya una playa.
Y el anciano creó una playa preciosa al este de la ciudad. El califa la recorrió con el anciano, satisfecho, pero entonces le entró sed.
-Y quiero –siguió el califa- que cuando vaya de fiesta o pasee tranquilamente por la playa haya gente que me venda bebidas refrescantes por tan solo una moneda.
Y el anciano creó a los cerveza beer amigo, y vio que eran buenos. El califa pusose cieguísimo, y diose cuenta de que algo faltaba.
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| El califa se parecía al señor que dice NO |
-Y quiero –dijo el califa- la comida perfecta. Llena de grasa, pero no tanta como para que dé arcadas, un poquito menos. Con una carne tan deliciosa que nunca parezca que haya suficiente, y uno pueda comer horas y horas. Con muchas verduras, para que parezca sana y llena de sabor. Que sea fácil de llevar y tan ideal para tomar antes de salir de fiesta como de resaca. Y que tenga un precio más que razonable.
Y en ese maravilloso instante la historia del mundo cambió para siempre y se creó el kebab. El califa, y todo el mundo, quedó muy satisfecho.
-Solo te queda un deseo –le recordó el viejo.
-Ya lo sé –dijo el califa, un poco irritado- Voy llevando la cuenta.
-Vale, vale –dijo el viejo.
-Tiene que ser algo guay. A ver… Ya está. ¡Que cada vez que uno salga por Barcelona, focke seguro!
Y el viejo lo concedió. Volvieron al palacio y el anciano se despidió.
Y antes de marchar le recordó al califa:
-Acuérdate de no fockarte a mi hija.
-No, no –dijo el califa- Descuida.
En cuanto se fue el viejo, el califa hizo lo que todos nosotros hubiéramos hecho en esta situación. El anciano volvió al cabo de una semana, iracundo.
-¡Cabronazo! ¡Que te has vuelto a fockar a mi hija!
-Ya ves –dijo el califa; y luego para arreglarlo- Me sabe mal.
-¡Sí, eso, ahora encima te sabe mal! ¡Pues antes no te sabía mal, eh!
-Bueno, bien, bien, bien, tampoco sabía, no te creas –dijo el califa. Era una broma picantona.
-Mira, califa, los deseos no los voy a deshacer porque no se puede. Pero te los voy a joder todos. Ya verás.
Y hizo unas movidas mágicas.
Y la playa maravillosa se convirtió en la Barceloneta, que es una puta mierda.
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| Turistas en la Barceloneta |
Y los cerveza beer amigo empezaron a multiplicarse hasta que fue imposible dar un paso por la ciudad sin que se te abalanzaran cuatro encima, y era muy difícil darles a entender que no querías cerveza.
Y el kebab siguió siendo maravilloso, pero se repetía más que Los Simpsons y era muy difícil comerse más de uno y a veces hasta acabárselo, y si ibas a beber quizá no era muy buena idea comerse uno.
Y en Barcelona siguió siendo muy fácil fockar al salir de fiesta, pero con hombres.

